Los dos primeros días del Encuentro “A diez años de Amoris laetitia: anunciar el Evangelio con las familias hoy” (Vaticano, 7-14 de octubre de 2026)
El Encuentro que reúne a los Jefes de las Iglesias Católicas Orientales y a los Presidentes de las Conferencias Episcopales, a diez años de Amoris laetitia, se abrió en la tarde del miércoles 7 de octubre con un encuentro con el Papa León XIV en el Aula Pablo VI.
Al dar la bienvenida a los participantes, el cardenal Mario Grech, Secretario General del Sínodo, subrayó el profundo significado eclesial de la cita. Los presentes, observó, han llegado “no a título personal, sino como representantes de sus respectivos episcopados y, a través de ellos, de las Iglesias locales, que son la savia vital de la Iglesia universal”, llevando consigo las esperanzas, los desafíos, las alegrías y las preocupaciones de innumerables familias. Una gran responsabilidad, señaló, que sin embargo suscita una esperanza igualmente grande: la responsabilidad llama a la Iglesia a la fidelidad, a la escucha y al discernimiento, mientras que la esperanza la abre a la acción del Espíritu Santo, que continúa guiando a la Iglesia por los senderos de su misión.
El cardenal Kevin Farrell, Prefecto del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, se dirigió luego al Santo Padre, recordando que ha llegado el tiempo “de repasar el camino recorrido en nuestras Iglesias, de mirar los desafíos que nos esperan y de preguntarnos qué podríamos hacer para que sea más adecuado el anuncio del Evangelio a las familias, con el fin de que puedan redescubrir y vivir con mayor conciencia su vocación cristiana”. Evocó un decenio de rápidas transformaciones culturales y sociales, marcado por la secularización, el individualismo, la omnipresencia de la tecnología y el debilitamiento de la transmisión de la fe en el seno de las familias, junto a un renovado deseo de relaciones auténticas y duraderas. La catequesis sigue siendo indispensable, afirmó, pero por sí sola ya no puede sostener la transmisión de la fe entre las jóvenes generaciones: construir familias sólidas y auténticamente cristianas es la premisa para una Iglesia viva y firmemente arraigada en el Evangelio.
En el centro de la sesión, el discurso del Papa León XIV. Recorriendo el camino sinodal de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia, desde el Concilio Vaticano II hasta Familiaris consortio y Amoris laetitia, el Santo Padre invitó a los participantes a compartir lo que Dios ha realizado en sus comunidades en estos diez años, incluidas las conversiones, los frutos inesperados y las dificultades, para que pueda tomar forma “poco a poco una narrativa compartida de estos diez años”. Las familias, recordó, no son solo destinatarias del cuidado de la Iglesia, sino protagonistas activas de su misión, a través del amor, la fidelidad, el perdón, la educación de los hijos, la transmisión de la fe y el servicio a los más vulnerables: es a través de los fieles laicos, y especialmente a través de las familias, como la Iglesia puede convertirse en la sal de la tierra.
El Papa describió el ministerio pastoral como una “escuela de la escucha”, en la que la Iglesia tiene mucho que aprender de las familias mismas. No eludió las preguntas más difíciles: la creciente distancia entre la vida relacional y afectiva contemporánea y la visión cristiana del matrimonio, y el peso de la inseguridad económica, de las migraciones, de la violencia y de la soledad. Sobre todo, invitó a la asamblea a preguntarse qué Iglesia encuentran las personas precisamente cuando son más frágiles, y si la verdad del Evangelio puede ser encontrada a través de la paciencia, la cercanía y la misericordia. La fidelidad misma, sugirió, es “una gracia que hay que recibir y un camino que hay que renovar poco a poco”, a menudo a través de la prueba: necesitamos “la gracia, el perdón y nuevos comienzos para cumplir la voluntad de Dios”. Exhortó a los pastores a dejarse interpelar por las realidades de la vida familiar, y no solo a interpretarlas, para que la Iglesia pueda encontrar nuevos caminos para anunciar el Evangelio y ofrecer la gracia de los sacramentos, orando para que este llegue a ser “cada vez más plenamente en buena nueva para las familias de todo el mundo”.
Una meditación espiritual de sor Helen Alford, O.P., concluyó la sesión inaugural, desarrollando el tema del Evangelio de la familia y a la familia: las familias a la vez anuncian la Buena Nueva y tienen necesidad de recibirla. Partió de las palabras de un niño que, a la pregunta sobre dónde está Dios, respondió “Dios está aquí, con nosotros”: las jóvenes generaciones, sugirió, que nos anuncian a nosotros el Evangelio de la familia. Tomando el encuentro entre Jesús y la Samaritana como paradigma de la evangelización, mostró cómo belleza y fragilidad coexisten: es precisamente a partir de su situación frágil como la mujer se convierte en la primera evangelizadora pública. A través de la "mirada relacional" de Jesús, observó, las relaciones ocultas que constituyen la vida familiar se hacen visibles, algo de fundamental importancia si los jóvenes de hoy han de encontrar el valor de acceder al matrimonio y la fuerza para sostenerlo. Recordando la “ley de gradualidad” que vincula Familiaris consortio y Amoris laetitia, dejó a la asamblea tres preguntas para los días venideros: dónde podemos reconocer a Dios ya actuando en la vida de las familias; qué podemos aprender de las familias, en su belleza y en su fragilidad; y cómo podemos anunciar el Evangelio no solo a las familias, sino con ellas.
La sesión inaugural dio el tono a todo el Encuentro: una Iglesia que escucha antes de hablar, que honra tanto la belleza como la fragilidad de la vida familiar, y que reconoce a las familias como verdaderas protagonistas del anuncio del Evangelio.
La primera jornada plena de trabajos, el jueves 8 de octubre, estuvo dedicada luego al primero de los cinco núcleos temáticos: “Las familias hoy: realidad, belleza y desafíos”. La jornada se desarrolló como un ejercicio compartido de escucha, discernimiento e intercambio de experiencias concretas provenientes de las Iglesias locales de todo el mundo.
Al abrir los trabajos, el cardenal Kevin Farrell delineó el horizonte del recorrido: reflexionar juntos, a la luz del Evangelio, sobre el contexto cultural, económico y social en el que se sitúa la pastoral familiar, con atención a sus implicaciones espirituales para la vida de las personas. Invitó a los participantes a compartir ejemplos concretos y a mirar con honestidad los recursos de que disponen las Iglesias locales para llegar a las familias, comprender su vida cotidiana y caminar a su lado.
El cardenal Mario Grech, Secretario General del Sínodo, introdujo la jornada a través de la imagen del “eco”, el signo de una voz que ha viajado, ha encontrado un espacio acogedor y ha vuelto enriquecida. Indicó tres ecos a cuya escucha está llamada la asamblea: el eco del Evangelio, voz fundante de toda cura pastoral; el eco del Magisterio, y de Amoris laetitia, cuya recepción en estos diez años ha dado frutos pero también ha suscitado tensiones y cuestiones abiertas; y el eco de las voces de las familias mismas, que llegan a la Iglesia no como estadísticas sino a través de vidas concretas en las que fidelidad y fragilidad están a menudo entrelazadas. Las familias, recordó, son sujetos de la misión de la Iglesia, y la Iglesia tiene mucho que recibir y aprender de ellas.
El cardenal Filipe Neri Ferrão ofreció luego una mirada desde las Iglesias locales de Asia. Delineó tres profundas transformaciones —en la identidad y la composición de la familia, del arraigo a la movilidad, y en las condiciones existenciales de las familias en un contexto de crecimiento rápido pero desigual— poniendo al mismo tiempo de relieve la belleza de la gracia que actúa en lo ordinario: la belleza de la relación, de la resiliencia y de la esperanza, y del diálogo en medio de una inmensa diversidad religiosa y cultural. Su convicción de fondo: las familias no son solo destinatarias del cuidado pastoral, sino compañeras de la Iglesia en la misión, y el Evangelio es una realidad que "cobra vida" desde el interior mismo de la vida familiar.
La última intervención de la mañana se confió al prof. Vincenzo Rosito, que interpretó la familia y la Iglesia como realidades relacionales que aprenden la una de la otra a través de las prácticas de la vida cotidiana. Los cambios antropológicos y culturales, sostuvo, no son solo problemas que resolver, sino actividades humanas y ocasiones para un aprendizaje compartido que involucra a todo el Pueblo de Dios. Releyendo el episodio evangélico de la huida a Egipto a través de tres palabras —movilidad, violencia, sueño— indicó comunidades que, a partir de la experiencia de las familias migrantes y refugiadas, se están convirtiendo en “iglesias de refugio”, imaginando nuevas formas de pastoral a través de gestos de acogida concretos y cotidianos.
A través de estas contribuciones emergió un hilo común: una Iglesia que elige escuchar antes de hablar, que lee el cambio cultural y social como una invitación a la conversión, y que reconoce cada vez más a las familias no como objeto de solicitud pastoral, sino como protagonistas del Evangelio y lugares duraderos de la revelación de Dios.
El resto de la mañana se dedicó al trabajo en grupos, según el método de la Conversación en el Espíritu. Por la tarde se abrió un tiempo de discusión libre entre los participantes, tras la presentación de los resultados de los trabajos de grupo por parte de los relatores.
El viernes 9 de octubre, tercer día del Encuentro, estará dedicado al tema “Los jóvenes y el descubrimiento de la vocación matrimonial”. A las 13.30 h (hora de Roma), en la Oficina de Prensa de la Santa Sede, tendrá lugar un briefing sobre los trabajos de la asamblea.