Jesús y el pueblo

<center>Jesús y el pueblo</center> <center>Jesús y el pueblo</center>

 

Cristo, crucificado y resucitado, es el sumo sacerdote que participa de nuestras debilidades y que, mediante el sacrificio de sí mismo, une a la humanidad con Dios Padre. En su entrega, Cristo derriba el muro que separaba al pueblo elegido de los paganos en el templo.

La separación ya no existe y para todos se abre la posibilidad de caminar por la senda de la nueva vida. Junto a Cristo está la Madre de Dios, figura de la Iglesia que recoge el agua y la sangre que brotan del costado traspasado de su Hijo, símbolo de los sacramentos. En el interior del cáliz se esconde una paloma. Estamos ante el don del Espíritu Santo que nos hace partícipes de la vida de Dios mismo, la vida filial, la vida de comunión.

María-Iglesia, unida a Cristo, entrega el cáliz al centurión, un "pagano" que, en realidad, es el primer creyente. Detrás de él se abre una multitud de personas que están a su vez revestidas de Cristo, más aún, entretejidas en el Cuerpo de Cristo. La estola sacerdotal nos recuerda que, al asumir la naturaleza humana, Cristo ha abierto a todos los hombres la posibilidad de convertirse en hijos y de vivir la vida como comunión, como paz, como reconciliación.

 

La Conversión de Cornelio

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Estamos ante un Pentecostés eterno. Alrededor de una mesa, los apóstoles con Pedro en el centro y Cornelio y su familia a su derecha. De la mano de Dios Padre fluyen las llamas del Espíritu Santo, iluminando a todos y dándoles vida filial. La comprensión mutua, la colaboración, la comunión de los hombres, la unidad de la humanidad no es solo una realidad horizontal, sino un don que viene de Dios Padre y que debe ser acogido. Este regalo es el amor de Dios revelado por la Pascua de Cristo.

El centro de la imagen es, pues, el Cordero pascual (cf. Ap 5,6), inmolado, pero vivo, recto y orientado radicalmente hacia el Padre. Su herida nos sigue recordando que la sinodalidad es un don que nace del corazón de Cristo. El mantel con varios animales se extiende sobre la mesa (cf. Hechos 10:28-29). No hay nada impuro a los ojos de Dios. La mujer cananea (cf. Mt 15,21-28), la que, pidiendo humildemente la gracia de la curación para su hija, recordó al Señor que hasta los perritos comen las migajas que caen de la mesa, muestra que todos son bienvenidos a la mesa del Cordero.